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  • Casa de Alianza

Somos una familia joven que hoy cumplimos un año viviendo en un cuasi-monasterio en Alemania.

Somos una de las familias que vivimos en Casa de Alianza , hoy día cumplimos un año viviendo en este cuasi-monasterio de 4.000 metros cuadrados que está situado en Schoenstatt, lugar de peregrinación católico. Han sido solo 365 dias, solo un año que han sido los más intensos de nuestras vidas personales y de nuestra vida matrimonial ¡Pareciera que han pasado 5 años en uno! ¿Si alguna vez en mi vida imagine vivir en un lugar donde normalmente vivían monjas y sacerdotes? Jamás, al menos no con hijos, no con una familia.




Siempre me atrajo la vida normal, el mundo, el barrio, los vecinos, los mates, los perros, los gatos, el ruido, la música, la ciudad, pero las vueltas de la vida me trajeron a este lugar y no me arrepiento en absoluto. Aún recuerdo el último día de junio del año pasado diciéndole a mi esposo: ¡Mañana partimos a la Casa de Alianza! ¡Se lo he prometido a la Virgen! Y mi esposo con sus muecas alemanas me miraba con unos ojos preguntones si realmente estaba hablando en chiste o en serio. ¿Pero a dónde estaremos? si todavía no hay nada, no hay cocina, no hay baño. ¿Por qué no te esperas un mes más? – me reclamaba no creyendo en absoluto lo que yo le estaba confirmando.






Nuestro hogar hace un año

Esperar no valía la pena, la mejor forma de mudarme era llegar como peregrina a esta casa y de a poco comenzar con la mudanza. Creí que era la mejor forma de no volver locos a mis hijos o al menos que la locura se notara menos.






Los primeros días en Casa de Alianza no fueron fáciles, los albañiles, plomeros, electricistas trabajando a contra tiempo para que las familias pudieran instalarse pronto. ¡Ya había llegado una familia y la mayoría de los obreros, que son padres de familia, empezaron a notar la necesidad del apuro! Pensé que iban a ser solo 15 días de espera… y fueron casi 5 meses de una constante construcción y polvo.

Pero no todo giraba en tirar escombros, tener alergia en la piel por la sequedad y llenarse los pelos de polvo las 24 hs, sino que también era la época del verano donde muchos peregrinos deseaban conocer la historia de la casa, hubo retiros de jóvenes y escuela de jefes. ¡Estábamos en constante movimiento!


Nuestro hijo mayor ayudando a un voluntario

No tuvimos puertas de nuestro departamento los primeros 4 meses, solo cortinas al estilo indio. Para mí que soy latina me las ingeniaba para buscar espacios, pero para mi esposo que es alemán y el espacio es casi como la sangre para vivir, fue la prueba de supervivencia más grande de su vida. ¡Era demasiada la espontaneidad! ¡Esto era como vivir en Latinoamérica estando en Alemania! Mi esposo había empezado a sufrir como nunca antes…


La Gruta de Lourdes, el lugar preferido de los niños

Al principio no fue nada fácil. Sentía que los días nunca terminaban, dormía poco y estaba totalmente rendida para levantarme de madrugada a recibir a los obreros, correr persiguiendo a mis hijos al baño que quedaba a 50m metros de nuestras habitaciones y luego desayunar entre ojeras, niños, voluntarios y un montón de personas que a veces conocía y otras no. Fue una mezcla de sentimientos, a veces me sentía como en el cielo y otra veces como en una guerra. Me venían dudas. ¿Cómo pude cambiar mi paradisiaca isla de Niederwerth por este caos total? Pero luego al visitar la capilla, ver por la ventana el Santuario original y pensar en que no era simplemente mi hogar, sino la casa del Señor que quiere ser compartida con miles de peregrinos que lo buscan a él y quieren ser acogidos por nuestra Madre, luego de reflexionar la misión encomendada, me olvidaba de todo y volvía a dar mi sí como el primer día.



Nos gusta mucho andar en bicicleta

El caos, la vida y el movimiento son parte de esta casa, eso es algo de lo cual ninguna familia se salva. ¡Donde hay vida, hay caos! ¡Donde hay vida, hay movimiento! Muchos me preguntan: ¿cómo vivimos? Yo respondo: normal. No tenemos nada de especial que otra familia no tenga, mi esposo trabaja, los niños van al jardín de infantes, tenemos amigos creyentes y no creyentes que nos visitan, hacemos deportes, cantamos, ponemos música, bailamos, festejamos cumpleaños, pues somos normales, completamente normales.



Debo aceptar y estar muy agradecida, pues no hubiésemos sobrevivido este primer año sin el apoyo de tanta gente que desinteresadamente nos venía a ayudar. Voluntarios que se mataban sacando el polvo de las ventanas, pintando, colgando, limpiando, fregando, lijando, martillando, escavando, cortando, tirando, aislando, pegando, sacando, moviendo, empujando, andando de aquí para allá, simplemente con el objetivo de sacar esta casa de sus ruinas para que viva y dé vida en abundancia.





Estoy hablando de familia, amigos cercanos y no tan cercanos, de voluntarios que vinieron de todas partes del mundo, de personas que nunca vi en mi vida y sentí que fueron ángeles que nos ayudaron en momento donde todo parecía que con fuerzas humanas no se lograba ¡Y sucedió! ¡Se logró! He visto muchos milagros en un año, nada de visiones, nada de cosas raras, sino acciones reales de personas que simplemente han ofrecido su corazón en el momento que más se necesitaba.



Festejando cumpleaños


Algo que nos encanta es abrir las puertas a sacerdotes y consagradas ya que nos permite regalarnos como familia, vivimos en medio de ellos y en cada visita que hemos recibido, nosotros hemos recibido el consuelo, el apoyo y el entusiasmo para seguir adelante con esta locura del Señor.


Somos felices de vivir en esta casa, donde han vivido mártires y santos como el mismísimo Padre Kentenich. ¡Ellos nos dan la fuerza para evangelizar! ¡Tenemos una historia que nos enriquece y nos llena! En este último tiempo, la pandemia nos ha pausado, nos ha ayudado a centrarnos más como familia, hemos valorado mucho más dónde el Señor nos ha llamado, y nos ha quitado el miedo a servir. La búsqueda del equilibrio entre familia, apostolado y trabajo siempre serán un desafío. Digamos que somos aprendices en el tema de familias viviendo en un centro religioso.



Les pido que siempre recen por las familias que viven aquí, para que siempre podamos estar con los ojos en el cielo y los pies en la tierra. ¡Para que nuestros hijos puedan vivir este tiempo como la mayor aventura de amor vivida en familia! Y que Dios siga bendiciendo este proyecto de laicos. ¡Es nuestra hora! ¡Es la hora de servir como laicos a una Iglesia que necesita hoy más que nunca de nuestro don! ¡Las familias son el corazón de la Iglesia! Si regalamos Hogar, recibiremos Hogar.

Gracias por leer solo un trozo de esta locura.


Cuento con sus oraciones.


¡Saludos desde la Casa de Alianza!


Jorgelina Jordá de Güsewell



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